Código B – Edición 9
Hace poco más de 500 años (en 1511, para ser precisos), Miguel Ángel daba vida a una de las obras artísticas más sublimes de la humanidad. Sublime en lo simbólico y en lo artístico.
Dentro del conjunto de frescos que forman parte de la bóveda de la Capilla Sixtina se destaca La Creación, una obra que representa la creación de Adán —el primer hombre— por parte de Dios. Durante siglos, esta obra ha sido admirada por hombres, mujeres y niños que, alzando su mirada al «cielo», han contemplado lo «divino» representado en forma de arte.
El tiempo ha pasado y creo que el mensaje que quiso transmitir Miguel Ángel se ha perdido. Nos estamos alejando cada vez más de Dios, y es aquí que quiero aclarar que cuando hablo de Dios no me refiero a un ser mágico que habita una nube en los cielos. Considero que es un concepto mucho más amplio y tangible, porque, en definitiva, si hablara de algún Dios , ¿de cuál hablaría? ¿Ra? ¿Alá? ¿Ngai? ¿Shiva? ¿Odín?… ¿Zeus? Hay y hubo cientos, como culturas hay y hubo a lo largo de la historia. Algunos trataban de darle sentido a la salida del sol, otros a las lluvias, y así puedo seguir con decenas de ejemplos. A lo que quiero llegar es que Dios es un concepto muy amplio que nadie debe atribuirse como propio y que es más simple —a mi entender— de lo que queremos asignarle.
Creo que Dios es el hombre, uno mismo. El misterio que encierra nuestra existencia. El misterio de la perfecta máquina biológica creada como consecuencia del paso del tiempo. Cada animal, cada insecto, cada gota de lluvia, el calor del sol, el frío de la nieve. Cada comida bien preparada, cada obra perfectamente ejecutada, una nota musical, un sentimiento bien correspondido. Cada error y darnos cuenta de ese error. Para mí eso es Dios y nos estamos alejando de él.
Rompimos esa perfecta pero justa distancia que existe en la obra de Miguel Ángel, la distancia de una mano activa —la de Dios — luego de terminar su obra, y la de una mano pasiva, la del hombre recién creado. Esa pasividad, lejos de ser algo negativo, a mi entender, representa el despertar ante lo magnánimo del Universo, de la vida. De eso nos estamos alejando. Nos rompimos y estamos a la deriva, haciendo propias y cotidianas acciones y actitudes que lejos están de Dios. El individualismo, la apatía, la intolerancia, la desconexión, la ignorancia. La destrucción. No fuimos creados para esto. Estamos rotos.
Es hora de reconstruir la verdadera esencia del hombre y acercarnos a Dios, que en definitiva somos nosotros mismos y, en consecuencia, los demás.





